Entre pedofilos llegó a sentirse apreciada, todo por culpa de su madre

El valiente testimonio de esta mujer ayuda a visibilizar, una vez más, la espantosa realidad que viven miles de niños al rededor del mundo que son abusados de las formas más crueles y denigrantes y a la vez expone que este es un problema que no sólo atañe a los países o sectores pobres, su relato evidencia que, de hecho, son las élites y las personas más adineradas las que mejor construidas tienen sus infames redes de esclavitud sexual infantil.

Como en muchos casos de abuso en menores, su historia comienza con su madre, una mujer que lejos de ser esa fuente de protección, calidez y amor que todos los niños en el planeta ansían, era un ser despreciable e inmisericorde, un monstruo que no sentía ni la más mínima empatía por su hija.

Por ello, sin un asomo de preocupación por el ser que había traído al mundo, a la corta edad de seis años, la vendió a una exclusiva red de pedofilia que ofrecía orgías con niños a los personajes más sobresaliente de la escena pública europea. Por supuesto, a la madre le pagaban mucho dinero por esto.

Distinto a una red de trata de blancas, la niña no fue sacada del país o retenida en barrios sombríos contra su voluntad. Todo lo contrario, llevaba aparentemente una vida normal en casa, al lado de su madre.

En horarios normales asistía a la escuela, hacía tareas, acompañaba a su mamá al supermercado… pero en las noches y sobre todo los fines de semana, la siniestra mujer, luego de recibir una llamada de su contacto, la llevaba en su auto a la dirección que le habían dado, la dejaba en una lujosa casa, hotel o castillo  y horas después, en ocasiones días, la recogía y juntas volvían a casa.

En su libro, “Mi nombre es Anneke Lucas y fui esclava sexual de la élite europea a los 6 años”, relata los más espantosos detalles de lo que era obligada a hacer por estrellas de la televisión, políticos, empresarios y militares, entre otros.

En el, recuerda la primera orgía en la que fue obligada a participar, no sin sentir todavía el peso del dolor de haber tenido que vivir una experiencia tan devastadora. Cuenta que fue llevada a un castillo que pertenecía a un miembro de la nobleza, allí había muchas personas y todas estaban disfrazadas de hippies, en cada rincón se veía parejas o grupos teniendo relaciones, ella no era la única menor, de hecho, hoy calcula que había al menos un niño/niña por cada cinco adultos.

En ese punto su cuerpo temblaba de miedo, no comprendía qué hacía allí y por qué su madre la había dejado con toda esa gente. Lo peor estaba por venir.

Me utilizaron para un show de sadismo y masoquismo, me encadenaron a una especie de escenario, con un collar de perro de hierro, y me hicieron comer heces humanas”. Relata Anneke.

Luego de la humillante situación, la niña comenzó a llorar desesperadamente y a gritar que lo que hacían no estaba bien y que le contaría a su madre, nadie quiso ni voltear a mirarla, pasados unos minutos vinieron dos hombres de gran tamaño y la condujeron a un sótano, allí había un cuerpo tendido, lleno de heridas, le dijeron que si no quería ser la siguiente jamás debía contarle a nadie lo que sucedía.

A partir de ese momento, todo se repitió una y otra vez, durante cuatro años tuvo que soportar las cosas más degradantes y físicamente dolorosas que alguien se pueda imaginar. La noción de si misma y del mundo estaban completamente destruidas, emocionalmente la niña era un laberinto de las más obscuras y destructivas emociones.

Era extremadamente tímida y en la escuela todo el mundo la ignoraba, la llamaban rara porque solía tener periodos en que se desconectaba mentalmente de todo, le podían hablar y hasta gritar y ella no reaccionaba, estaba como perdida. Y no era para menos. Los psicólogos dicen que estos espacios de abstracción o inconsciencia suelen ser mecanismos de defensa utilizados por las víctimas de abuso continuado como una especie de refugio donde logran brevemente salvaguardarse de la terrible realidad que enfrentan.

Si en la escuela las cosas iban mal, en casa no eran diferentes: su madre no la determinaba, jamás le preguntaba cómo se sentía y mucho menos le daba ningún tipo de afecto. Apenas se ocupaba de proporcionarle lo mínimo para llevar una existencia, eso si, siempre le exigía estar limpia y su alimentación era más bien buena. Poco a poco Anneke entendió que lo poco que hacía no lo hacía por cuidarla a ella, simplemente estaba manteniendo en buen estado la mercancía por la que le pagaban tan bien.




Así pasaron los primeros cuatro años, pero cuando cumplió 10 años de edad, algo en ella cambió. Se sentía tan despreciada en la escuela y en su casa que las orgías comenzaron a proporcionarle una cierta sensación de gusto, de bienestar, se sentía atractiva e importante, pues los hombres más influyentes de Europa centraban su atención en ella, así fuera durante el tiempo que la diversión durara. Así de trastornada estaba su mente.

Un día, un hombre que era asiduo cliente de la red, llevó a su hijo de 20 años, (qué clase de persona se tiene que ser para alentar a tu propio hijo a que sea un degenerado) un hombre alto, rubio y de ojos azules, según lo recuerda Anneke, a que se iniciara en el mundo de las orgías con niños. Ella de inmediato se sintió atraída por él y le sonrió a lo que el joven le respondió: “eres una pequeña zorra”. A partir de allí comenzaría una insana relación en la que el hombre abusó de todas las maneras posibles de ella, incluso, fue quien más dolor físico le produjo en toda su vida, no obstante, Anneke se enamoró.

Al cumplir once años y luego de llevar un año con el hombre de los ojos azules, los administradores de la red, le dijeron que se había vuelto vieja para el gusto de los clientes y que ya no servía para nada. Ella sabía muy bien lo que le sucedía a los niños que eran desechados: los mataban.

La tomaron por la fuerza, la llevaron a una pequeña habitación, la amarraron a un muro que se veía negro de toda la sangre seca que tenía sobre él y reunieron a un grupo de niños más pequeños que ella para que la torturaran, era el adiestramiento establecido para preparar a menores pobres o sin hogar para que fueron los futuros matones de la organización.

Cuando sentía que ya no soportaba más el dolor, entró el hombre de los ojos azules, pero en vez de liberarla la torturó aún más fuerte de lo que los niños lo estaban haciendo, luego como un símbolo de la enfermiza relación que tenían, fue a hablar con el jefe de la red y le pidió que no la matara, que la dejara vivir bajo su responsabilidad y que a cambio él le ayudaría con su influyente padre a conseguir lo que necesitara.

Funcionó, la liberaron y él la ayudó a salir del país, fue así como llegó a los Estados Unidos. Luego supo que aquel favor le costó la vida pues era parte del código de la red, jamás mostrar ninguna debilidad que pudiera poner en riesgo a la siniestra organización.

Si bien se había escapado de esa pesadilla, las cicatrices que cargaba le hacían la vida imposible, sentía que no podía ir hacia ningún lado, sólo deambulaba. Un día caminando por las calles de Los Ángeles, le llegó un tenue olor a heces y un gatillo se disparó en su mente, como un cuchillo clavándose, revivió esa primera vez que fue llevada a una orgía y se sintió tan profundamente humillada que decidió que su existencia debía acabar, porque nadie tan desagradable tenía derecho a vivir.

Intentó suicidarse pero fue rescatada por un grupo de apoyo para personas que habían sido abusadas de niños. Con muchos años de tratamiento, fuerte terapia y el amor de aquellas personas que voluntariamente la ayudaban a superar su pasado, logró recuperar su vida y sobre todo su voz.

De ella comenzó a nacer una fuerza que desconocía y fue entonces cuando halló el valor para contar su dolorosa historia.

Anneke está en un buen porcentaje recuperada, pero aún presenta algunos síntomas de estrés postraumático, por ejemplo, cuando siente determinados olores o el sonido de la música que solía escucharse durante las interminables orgías, su cuerpo comienza a temblar y siente como que va a perder el conocimiento, pero ha tenido notables avances y prácticamente ya controla casi todos estos efectos nocivos que le dejó su pasado.

Actualmente vive en New York, tiene una hija a la que adora y cuida con esmero porque sabe bien lo que es vivir en un mundo donde no tienes una buena madre que te cuide. Ha recibido amenazas por sus denuncias, pues hombres poderosos tiemblan de miedo al saber que alguien que conoce sus oscuros secretos anda suelta por ahí.

Pero ella dice no tener miedo y que no va a dejar de hablar, porque sabe que la red todavía existe, con nuevos rostros, nuevos cuerpos y nuevos personajes, pero con el mismo grado de abuso, daño y violencia.

Le pide al mundo que no olvide que en este momento, todos los días, a toda hora, un niño o una niña están pasando por el espantoso infierno que ella vivió.