Dí a luz a mi bebé sola en casa, pensé que eso iba a ser lo peor pero era sólo el comienzo






Amy Davidson conoció a su esposo cuando ambos eran muy jóvenes, para los dos era muy importante formar una gran familia, con muchos hijos, pero como sabían que no era el momento aún para tenerlos, decidieron esperar unos cuantos años. Cuando ella acabó su carrera como enfermera, supieron que era el momento.

Lo intentaron y lo intentaron… pero Amy no lograba quedar embarazada, ahí comenzó la presión. Todos sus amigos y conocidos empezaban uno tras otro a organizar baby showers y mostrar cuna felices se sentían de estar esperando bebé, todos menos ellos.

Un día Amy y su esposo se sentaron a hablar sobre el asunto y acordaron visitar cuanto antes a un especialista en fertilidad. Les ofrecieron muchas opciones, comenzaron un tratamiento y al poco tiempo ella estaba embarazada, la felicidad era absoluta, lamentablemente no duró mucho.

A las doce semanas Amy tuvo una hemorragia, estaba sola en casa y decidió no acudir al hospital porque pensaba que esto no era indicativo necesario de un aborto. Se equivocó, pues a la hora estaba sola en casa dando a luz a su bebé. Con la mayor tristeza que pudo haber experimentado en la vida, vio nacer sin vida a su bebé.

 

La situación fue devastadora para el matrimonio, sentían tanto dolor que pensaban que no lo superarían.

De alguna manera hallaron las fuerzas y más o menos un año después volvieron a intentar ser padres. Esta vez acudieron donde otro especialista en fertilidad, quedaron encantados con el médico que los atendió y decidieron probar con un método un poco más seguro: la fecundación In Vitro.

Unas semanas después a Amy le implantaron varios embriones, es decir, óvulos ya fecundados. Se fueron a casa llenos de esperanza un mes después la prueba de embarazo dio positivo. Estaban absolutamente felices.

En el primer ultrasonido que les hicieron se llevaron la mayor sorpresa de sus vidas: no esperaban un bebé, sino tres! Los doctores les recomendaron extraer al menos uno de los embriones, para ampliar las posibilidades de supervivencia de los que quedaran dentro del útero, pero a los padres la idea les pareció terrible, esos tres embriones, eran bebés, eran sus bebés y de ninguna forma actuarían en contra de ellos.

Descartaron por completo la posibilidad y continuaron a delante con el embarazo de los tres bebés.

En los siguientes ultrasonidos, les confirmaron que se trataba de tres niñas. Por fin todo parecía cambiar y tornarse hermoso.

Desde el comienzo, el embarazo fue de alto riesgo por lo que Amy tuvo que pasar cuatro meses en cama. A las 20 semanas los médicos determinaron que tendría que hospitalizarse por lo que quedaba del periodo de gestación.

Una mañana al despertar, Amy sintió una descarga, llamó a las enfermeras y ellas le dijeron que no se preocupara que no era indicio de que algo malo estuviera pasando. Amy se tranquilizó, pero como un acto despiadado de la vida, esta vez también estaba equivocada, lo que sucedía si era grave.

Unas horas después estaba hirviendo por la fiebre y nuevamente estaba teniendo un aborto espontaneo. Su primera bebé nació sin vida y las otras dos pequeñitas partieron al cielo, cuatro horas más tarde.

 

Amy nunca olvidará la cara de su esposo, la tristeza y el dolor. Para ambos fue el día más gris y triste de sus vidas, en un día perdieron a sus tres hijas, pero las amarían y recordarían para siempre.

Después de eso, tanto Amy como su esposo se alejaron de todo el mundo, no soportaban hablar con nadie, tenían ira y dolor por igual, no se sentían capaces e celebrar al lado de sus amigos y familiares cumpleaños y nuvos nacimientos, no entendían porque eran tan desafortunados y sus hijos se negaban a permanecer a su lado.

Con el tiempo la esperanza renació como un pequeño brote aferrado a sus vidas y decidieron intentar la fecundación in vitro nuevamente. Esta vez fue la vencida, su hijo Logan nació, no sin un embarazo difícil, pero nació sano y hoy ya tiene seis años de edad.

 

Cuando Amy cumplió los 28 años de edad, los médicos le informaron la triste noticia de que tenía que someterse a una histerectomía, nunca volvería a ser mamá.

Para ambos, aunque estaban agradecidos de tener a Logan, fue devastador, pues querían más hijos.

Fue entonces cuando descubrieron que dar a luz no era la única forma de ser padres y comenzaron un largo proceso de adopción que duró más de dos años en completarse, pero que acabó con un bebsito más en su familia, un niño que no tuvo padres pero que los encontró a ellos, que buscaban otro hijo.

Hoy han pasado 7 años desde ese momento, Amy aún siente vivo el dolor de sus cuatro hijos perdidos, palpitando en sus recuerdos, pero puede sonreír con alegría pues de su tragedia nació la comprensión de que pese a todo podía hacer algo bueno por alguien que lo necesitaba.

Siempre celebra los cumpleaños de los cuatro bebés que esperan por ellos en el cielo.

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