Dedicado a aquellos papás que amaron a un hijo que no es suyo

Ser papá no es tener un niño, es amar a un niño.

En los cuentos y las novelas literarias, la figura del padrastro y la madrastra suele ser tomada como la de un villano que llega a apoderarse de todo lo que conocemos, sin embargo, en la vida real, en muchas ocasiones este arquetipo dista totalmente de ser cierto. Además, son una figura que cada vez es más común en muchas de las familias modernas por el gran porcentaje de divorcios que se presentan hoy en día.

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Los padrastros o las madrastras muchas veces llegan de manera inesperada a una familia y en edades de los hijos muy tempranas por lo que terminan ayudando en la crianza. Debido a esto, en la mayoría de casos terminamos agradeciéndoles por cuidarnos y amarnos de la forma en la que nuestro padre o madre ausente no lo hizo.

No tiene que ser de sangre para ser real.

Las cifras presentadas en la última década demuestran que al menos un tercio de los niños en el mundo se crían en familias mixtas, es decir, viviendo con padrastros o madrastras durante su proceso de crecimiento. Es verdad que a veces el proceso de adaptación se puede volver difícil, es una persona que no elegimos que entrara en nuestra vida, sin embargo, las situaciones que un principio parecieron incómodas, con el paso de los años se van volviendo familiares, incluso, rutinarias.

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En la mayoría de los casos, estas personas que llegaron elegidas por uno de nuestros padres para acompañarlos en un nuevo camino, se terminan convirtiendo en ese padre o madre con quienes no convivimos o simplemente se ausentaron desde nuestra niñez. Muchas veces son personas que no tienen ni idea de cómo asumir el papel que llegan a jugar en nuestras vidas, pero de todos formas se arriesgan, al igual que nosotros, en una ecuación en la que el final no es nada más que una apuesta.

Reemplazar jamás, acompañar sí.

Algunos le juegan a ser padres, otros a ser acompañantes y otros a ser amigos, no hay una formula mágica para estar. Sin embargo, ellos se esfuerzan más que nadie por hacernos entender que estarán ahí para suplir nuestras necesidades y acompañarnos en cualquier problema o crisis que afrontemos.

Es cierto que nunca podrán ser el reemplazo de nuestros padres biológicos, sin embargo, con ellos se nos olvida que el amor familiar no siempre se da por medio de un lazo de sangre.

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Ellos nos dan todo el amor que pudimos pedir a una mamá o papá. Son nuestros cómplices y nuestro mayor apoyo. Nos sienten como familia y nosotros a ellos y estaremos agradecidos toda la vida de que sean nuestra guía y nuestro apoyo cuando los tiempos difíciles parecían no acabar.